En la destruida Italia de la posguerra mundial, el cine se nutrió de actores y actrices no profesionales en muchas de sus producciones, personas salidas de la calle sin experiencia artística que terminaron en la pantalla y generaron prácticamente un estilo propio. El aporte de esos elencos era la naturalidad, la espontaneidad y la ausencia de los vicios tradicionales de la actuación, lo que proporcionaba autenticidad y verosimilitud.

Esa forma estética, con referentes como Roberto Rossellini, Vittorio De Sica y Luchino Visconti en su primera etapa, se conoció bajo el nombre común de neorrealismo italiano. Los planos extensos, los silencios y una forma de denunciar sin caer en los discursos fueron un elemento común.

La gestualidad reemplazaba a los diálogos.

Esa línea de trabajo tuvo herederos de alta calidad artística. Muchos rostros de “Amarcord”, la obra de Federico Fellini ganadora del Oscar (venció en 1974 a “La tregua”, de Sergio Renán), hacían referencia a una forma determinada de presentar los personajes en la gran pantalla, mientras que más acá en el tiempo se recorta en ese universo creativo “César debe morir”, la creación de los hermanos Paolo y Vittorio Taviani que ganó el Oso de Oro en 2012. Era una brillante adaptación del clásico de William Shakespeare “Julio César”, filmada en blanco y negro dentro de la cárcel romana de Rebibbia, con presos reales (asesinos y mafiosos, entre otros) como protagonistas.

Esas dos experiencias, reuniendo detenidos en tanto artistas no profesionales y un trabajo dentro del penal, fueron replicadas en distintos proyectos en Tucumán. Hace menos de una década, hubo una accidentada versión teatral de “La casa de Bernarda Alba” (de Federico García Lorca), con detenidas del penal de mujeres que no llegó a ser estrenada en sala por conflictos políticos y sobre la cual circula alguna versión en video con la denuncia de lo ocurrido. Y todavía latente está la potente experiencia de “Bazán Frías: elogio del crimen”, que compete en el Festival Tucumán Cine Gerardo Vallejo, fiesta que atraviesa su edición número 14 con un desdoblamiento de categorías pero el mismo precepto: sólo se pueden inscribir películas que sean ópera prima o la segunda producción de nóveles directores. Hay una competencia latinoamericana y otra argentina (en esta última figura la producción estrictamente tucumana, junto con otra profundamente local, “La hermandad”, el documental de Martín Falci sobre los campamentos del Gymnasium Universitario).

El filme de Lucas García va a camino entre dos géneros. Entrelaza la ficción con el documental, con los personajes a cargo de presos del penal de Villa Urquiza (salvo el rol femenino central) y tiene espacios para la confesión de los reos: entre escena y escena que recrea al ladrón popular del siglo pasado, aparece la cotidianeidad del estar detenido, el sometimiento a los guardiacárceles, los golpes que reciben de quienes deben custodiarlos, las peleas internas y la muerte, relatada con una naturalidad que conmueve (sacude especialmente la información de cierre sobre la situación de algunos de los que estuvieron en pantalla).

Una vez más, para denunciar algo no hace falta gritar; decirlo en voz baja puede servir para que retumbe fuerte.

El filme era un éxito contundente de taquilla con funciones a sala llena en cada pasada en los Espacios Incaa donde se la proyectó. Comenzó en las 250 localidades de la sala Orestes Caviglia; luego pasó a la mitad de la Hynes O’Connor y en la de Tafí Viejo, siempre con el mismo suceso (hasta hubo espectadores sentados en los pasillos más de una vez). Sin embargo, bajó de cartel aunque haya superado las exigencias de respuesta de público.

Este hecho fue criticado por el colectivo Tucumán Audiovisual, que reclamó porque se mantenga programada. “Superó la media de continuidad, es decir la cantidad de espectadores que fija la norma (...). A pesar de volver a llenar todas sus funciones y del compromiso y predisposición de la Dirección de Medios Audioviduales de la provincia y de todos los trabajadores para que la película siga en cartel, el Incaa a través de la Subgerencia de Desarrollo Federal y su Coordinación de Salas Espacios Incaa eligieron levantarla porque ya tenían compromisos establecidos con otras casas distribuidoras”, denunció la organización. Una muestra elocuente de que la reglada cuota de pantalla es letra muerta ante los intereses económicos y sólo se la aplica cuando conviene, incluso por parte de los funcionarios que deberían estar controlando su respeto y promocionando el cumplimiento de la ley.

En el Espacio Incaa de la Caviglia se programan películas que pasaron con éxito por las salas comerciales como “4x4”, “Reloca” o “El cuento de la comadreja”, lo que puede dejar perplejo a quien quiera entender el criterio de qué hace una propuesta rentable y cuya inversión ya se recuperó con una apuesta hecha a pulmón, que debe exigirse a fondo para no perder plata.

Que la sala Hynes O’Connor haya aumentado la cantidad de días que está abierta (ahora comienza a funcionar los miércoles) y a veces hasta el número de pasadas puede ser aprovechado para garantizar un lugar a las producciones que intentan ser vistas en un mercado donde los títulos se agolpan y llegan a marear al público. Bien se podría recuperar la idea original de ese Espacio, dicha al tiempo de su inauguración, de que se iba a privilegiar la producción local, incluso en caso de cortos que podrían ser proyectados antes de la película de fondo.

“Una vez más, se menosprecia a los productores independientes (...).

Reclamamos una real política de exhibición que incluya criterios federales y garantice la pluralidad de miradas y diversidad de contenidos en las salas”, planteó Tucumán Audiovisual. “Bazán Frías” tiene su revancha en el Gerardo Vallejo (se lo proyectó nuevamente el sábado y ayer), pero muchas otras películas se quedarán solamente en la queja y el malestar ante un manejo centralista y arbitrario de las normas.